LA EVOLUCIÓN DE LA POBLACIÓN MUNDIAL
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Hace 12,000 años, cuando los cazadores recolectores recorrían el Valle de México, había en la Tierra alrededor de 4 millones de personas. Para 2024, seremos 8,000 millones, es decir un aumento de cerca de 200 mil por ciento. El crecimiento poblacional es uno de los retos más grandes de nuestra era y un cambio de escala que nos toca entender cómo humanidad.

Massimo Livi Bacci | OC:TL

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Pueblo de Castelmezzano en la noche de invierno. Italia. | PIXABAY

De unos miles de seres humanos a ocho mil millones

Cuando nuestro progenitor Homo Habilis florecía en África Oriental y las condiciones estaban listas para su migración fuera del continente, la humanidad contaba probablemente con unas decenas de miles de individuos. Un millón y medio de años después, en los albores de la revolución neolítica, hace 12,000 años, la población del planeta ya era de varios millones de personas que se habían extendido y establecido en los cinco continentes. Para 2024, según las proyecciones de las Naciones Unidas, la población mundial contará con 8 mil millones de personas. Hoy, hay en la Tierra mil veces más habitantes que cuando se inventó la agricultura y esto implica una demanda cada vez más grande de recursos naturales.

Fuente: Estimaciones de History Databases of the Global Environment (HYDE) y Naciones Unidas. | OurWorldinData.org (CC-BY-SA, Max Roser)

Hace 12,000 años, cada ser humano tenía a su disposición exclusiva una dotación espacial de alrededor de 2,000 hectáreas, es decir el equivalente a la superficie de la Isla Fernando de Noroña en las costas de Brasil o de la Isla Cleofas, una de las tres Islas Marías en Nayarit. Hoy, ese espacio exclusivo se ha reducido a las dimensiones de un campo de fútbol. En la actualidad, los seres humanos pueden moverse alrededor del mundo mil veces más rápido que en siglos pasados: hace 500 años, la primera circunnavegación del globo por la expedición de Magallanes y Elcano duró tres años; hoy un jet supersónico puede completar la vuelta al mundo en menos de un día. De la misma manera, consumimos cientos de veces más energía que nuestros progenitores agrícolas quienes tenían a su disposición solo su fuerza muscular, y algunos afortunados, que disponían además de la energía de animales de trabajo, toro, caballo, burro, camello, etc.

FUENTE:  UN, HYDE IN OURWORLDINDATA.ORG

¿Cuál ha sido la evolución de la población de la tierra? ¿Por qué la población actual del mundo es de 7,700 millones y no varios órdenes de magnitud mayor o menor? ¿Cuáles son los factores que, a lo largo del tiempo, determinaron el crecimiento demográfico? ¿Cómo se mantiene el difícil equilibrio entre recursos y medio ambiente? Estas son preguntas bastante antiguas, exploradas por primera vez en forma moderna por Thomas Malthus , quien, no por accidente, inspiró el trabajo de Charles Darwin

Los cambios en una población pueden interpretarse como el resultado de la continua confrontación y adaptación entre dos tipos de fuerzas: las fuerzas de restricción y las fuerzas de elección. Las fuerzas de restricción son aquellas que se imponen a las personas: el clima, las enfermedades, la tierra, la energía, los alimentos, el espacio o los patrones de asentamiento. Las fuerzas de elección provienen de la capacidad de modular y controlar los comportamientos individuales con consecuencias demográficas. Por ejemplo, las fuerzas de elección son las decisiones personales o sociales tales como casarse, tener hijos, mejorar la salud, la nutrición, las condiciones de vida, o migrar de un lugar a otro.

World Population Prospects (2019). United Nations, DESA, Population Division. CC BY 3.0 IGO

Las fuerzas de restricción tienen diferentes grados de interdependencia, pero comparten dos características: cumplen un papel fundamental en los ritmos lentos de crecimiento o decrecimiento de una población. El asentamiento humano depende del espacio geográfico y de la disponibilidad de tierra. Los alimentos, las materias primas y los recursos energéticos provienen de la tierra y son determinantes fundamentales de la supervivencia humana.

El clima, a su vez, determina la fertilidad del suelo, impone límites al asentamiento humano y genera condiciones de sanidad o enfermedad. Las enfermedades, a menudo ligadas a la nutrición, afectan directamente la reproducción y la supervivencia. Los patrones de asentamiento se vinculan por su parte con la densidad de la población y la transmisibilidad de las enfermedades. Todo esto nos muestra la complejidad de las interrelaciones que rigen las principales fuerzas de restricción en el crecimiento demográfico.

La segunda característica común de las fuerzas de restricción es su relativa permanencia (espacio, clima, etc.) y sus ritmos lentos de cambio (tierra, energía, alimentos, enfermedades, patrones de asentamiento, etc.) en el tiempo del análisis demográfico (una generación o la longitud promedio de una vida humana). Estas fuerzas son relativamente fijas y solo pueden ser modificadas lentamente por la intervención humana.

Obviamente, los suministros de alimentos y de energía pueden incrementarse como resultado de nuevos cultivos y de nuevas técnicas. Por ejemplo, mejorar la ropa y la vivienda puede mitigar los efectos del clima o prevenir infecciones puede limitar el impacto de las enfermedades. Pero el cultivo de tierras vírgenes, el desarrollo y difusión de nuevas tecnologías, de mejores estilos de vivienda o de maneras de controlar enfermedades no se desarrollaron de un día para otro, sino a través de largos períodos de tiempo. A corto y mediano plazo –y con frecuencia a largo plazo– los humanos han tenido que adaptarse y vivir con fuerzas de restricción que se mantuvieron inalteradas durante milenios.

Sin embargo, en los últimos tres siglos, las fuerzas de restricción han perdido fuerza y el síndrome de pobreza secular –pobreza de recursos materiales y pobreza de conocimiento– ha retrocedido. Por otro lado, las fuerzas de elección se han fortalecido a medida que los mecanismos de formación familiar, como el matrimonio, el divorcio, la reproducción, la incidencia de patologías y la movilidad recaen cada vez más en la esfera individual. Este proceso ha dado forma a la trama actual de cambio poblacional y ha generado ciclos de población variables en longitud, intensidad y gradiente geográfico.

CRECIMIENTO DE LA POBLACION MUNDIAL

FUENTE: UN POPULATION DATA

FUENTE: THE WORLD COUNTS / UN (2019)

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Jerf el el Ahmar, sobre el río Éufrates, una de las primeras aldeas de sedentarios de la humanidad. Syria. (9,500-8,700 a.C.) | FOTO MISIÓN EL KOWM-MUREYBET

↑ Pintura rupestre mostrando un grupo de pastores con sus arcos defendiendo a su rebaño. Tassili n’Ajjer, Sahara. Argelia. (11,000-10,000 a.C) | CC-BY-SA GRUBA

La revolución neolítica

El décimo milenio antes de Cristo vio el inicio de la revolución neolítica, que como escribió el arqueólogo Vere Gordon Childe, “transformó la economía humana [y] le dio al hombre el control sobre su propio suministro de alimentos. El hombre comenzó a plantar, cultivar y mejorar los rendimientos a través de la selección de gramíneas, raíces y árboles comestibles. Asimismo, logró domesticar y unir estrechamente a su persona ciertas especies de animales a cambio del forraje que podía ofrecer” [1] . Los cazadores recolectores se convirtieron en granjeros, y con el paso de los años, cambiaron un modo de vida nómada por uno sedentario.

Esta transición ocurrió de forma gradual e irregular y todavía existen hoy en día grupos aislados que sobreviven de caza y de recolección en diferentes partes del planeta. No obstante, este fenómeno ocurrió de manera independiente en situaciones y en lugares separados por miles de años y kilómetros, desde el Cercano Oriente, a China, a Mesoamérica. Es extremadamente complejo entender que causó esta transición, pero una constante es que favoreció el aumento de la población, como lo mostró la expansión de la ocupación humana y la creciente densidad de los asentamientos.

Los datos sobre el crecimiento de la población mundial se basan en gran medida en conjeturas e inferencias, a menudo extraídas de información no cuantitativa, por lo menos hasta el siglo XVIII o XIX. Tomando los números con mucha cautela, se estima que antes del Alto Paleolítico (30,000-35,000 a.C.), la población mundial contaba con no más de unos cientos de miles de individuos, que pasaron a ser unos pocos millones al inicio del Neolítico, alrededor del año 10,000 a.C.

Antes del Alto Paleolítico (30,000-35,000 a.C.), la población mundial contaba con no más de unos cientos de miles de individuos, que pasarían a ser unos pocos millones alrededor del Neolítico, alrededor del año 10,000 a.C.

Al inicio de la era cristiana, la población llegó a unos 250 millones de personas, mostrando una tasa de crecimiento promedio de aproximadamente 0.4‰. Esta tasa es una pequeña fracción de la de algunos países en desarrollo hoy en día –con tasas de alrededor de 30-40‰–, pero es mucho mayor a la que prevaleció entre la aparición de los primeros humanos y el desarrollo de la agricultura. En la opinión general de los académicos, la transición gradual de la caza y la recolección a la agricultura favoreció el aumento constante de la población gracias a la capacidad de generar recursos adicionales. Sin embargo, se debaten aún hoy en día los factores que aceleraron este crecimiento.

La teoría clásica se basa en un argumento simple pero convincente: el asentamiento, el cultivo agrícola y la domesticación de animales permitieron un suministro de alimentos más constante. Esto significó dejar de depender únicamente de los alimentos proporcionados por el ecosistema, pero que escaseaban fácilmente por la inestabilidad climática y el cambio de las estaciones.

El cultivo de trigo, cebada, mijo, maíz o arroz –granos altamente nutritivos y de fácil almacenamiento– amplió enormemente la disponibilidad de alimentos y ayudó a superar los períodos de escasez. La salud y la supervivencia mejoraron, la mortalidad disminuyó y el potencial de crecimiento aumentó, llegando a un nivel en el que se estabilizó.

Cebada madura. Periodo amarniano, Alto Egipto. (1,350 a.C.) | CC0

↑ Cosecha de cereales. Tumba de Menna, Alto Egipto. (1,400-1,350 a.C.) | CC0

Otra teoría tiene una opinión opuesta: la agricultura hizo a las poblaciones dependientes de unos pocos alimentos básicos –los cereales–, disminuyendo la calidad de la nutrición, mientras que la creciente densidad, la domesticación de los animales y la sedentarización empeoraron las condiciones de vida biopatológicas, facilitando la transmisión de enfermedades.

El asentamiento estable de la población creó las condiciones necesarias para la aparición, propagación y supervivencia de parásitos y enfermedades infecciosas casi desconocidas entre las poblaciones móviles y de baja densidad. Una mayor concentración demográfica pudo actuar como un «reservorio» para los microbios, propagando las enfermedades transmisibles por contacto físico. La densidad a su vez propició la contaminación del suelo y el agua, facilitando las reinfecciones.

Teocinte. | BIODIVERSIDAD.GOB.MX

La sustitución de los refugios móviles y temporales de las poblaciones nómadas por habitaciones permanentes aumentó los contactos con parásitos y otros portadores de enfermedades infecciosas. Además, el asentamiento favoreció la transmisión de infecciones provocadas por portadores cuyo ciclo de vida se interrumpía con los constantes traslados. Este es el caso, por ejemplo, de las pulgas, cuyas larvas crecen en nidos, camas, viviendas, cuerpos de animales y seres humanos. Con el asentamiento, muchos animales, domesticados o no, llegaron a ocupar un lugar estable en el nicho ecológico humano, lo que aumentó la posibilidad de infección por patógenos animales específicos, acrecentando la incidencia de parasitismo.

Como consecuencia, la mortalidad aumentó, pero esto fue más que compensado por la alta fertilidad característica de las poblaciones sedentarias. De hecho, la gran movilidad de los cazadores-recolectores que circulaban por vastos territorios hacía que el transporte de niños dependientes fuera pesado y peligroso para la madre. Por esta razón, el intervalo entre nacimientos podría haberse alargado a través de la lactancia prolongada o de la regulación de las relaciones sexuales. De esta manera, es posible que las madres hayan esperado que sus hijos pequeños tengan la capacidad de cuidarse a ellos mismos, antes de tener nuevos embarazos.

La gran movilidad de los cazadores-recolectores que circulaban por vastos territorios hacía que el transporte de niños dependientes fuera pesado y peligroso para la madre.

En las sociedades sedentarias, la necesidad de espaciar los nacimientos se hizo menos apremiante. La crianza de los hijos se volvió menos costosa para los padres porque, desde temprana edad, éstos comenzaron a ser económicamente útiles en las tareas del hogar, el trabajo de campo o el cuidado de los animales domésticos.
Sea cual sea la explicación, el hecho es que la población aumentó, los asentamientos se difundieron y las ciudades se desarrollaron.

«El triunfo de la muerte» por Peter Bruegel el Viejo. (1562) | CC0

Inicios de la Era Cristiana y Edad Media

En los primeros años de nuestra era, la población mundial contaba probablemente con alrededor de 250 millones de habitantes. De estos, por ejemplo, unos 40 millones vivían en lo que era el Imperio Romano –alrededor de la cuenca del Mediterráneo–, unos 50 millones habitaban el Imperio Chino y unos 35 millones en el subcontinente indio. Durante milenios, la tasa de crecimiento se mantuvo muy baja –unas décimas de 1% al año–, y guardó este orden de magnitud hasta la Revolución Industrial. Para 1750, la población mundial se había multiplicado por tres en 17 siglos, alcanzando alrededor de 800 millones de habitantes. De estos, unos 500 millones vivían en Asia, unos 100 millones en Europa –sin Rusia–, unos 100 millones en África y menos de 20 millones en América.

Es importante explicar porque la tasa de crecimiento poblacional se mantuvo baja a lo largo de los siglos en todos los continentes. Los sistemas demográficos tradicionales se caracterizaron, sin excepción, por una mortandad muy alta ligada a una expectativa de vida promedio inferior a 35 años. Esto era consecuencia de un síndrome de pobreza: pobreza de recursos materiales y pobreza de conocimiento en cuanto a la naturaleza de las patologías.

Los sistemas demográficos tradicionales se caracterizaron, sin excepción, por una mortandad muy alta ligada a una expectativa de vida promedio inferior a 35 años.

La mortalidad se debió principalmente a enfermedades transmisibles que representaron entre 75% y 80% del total de las causas de muerte. La ignorancia sobre los modos de transmisión hizo que las defensas contra la enfermedad fueran casi insignificantes. El auge de la urbanización y la movilidad, como consecuencia de una mejora general del nivel de vida, determinó también las condiciones ideales para la transmisión y difusión de enfermedades y epidemias como la peste, el tifus o la viruela.

Tasa de mortalidad de menores de 15 años en diferentes lugares del mundo a lo largo de la historia. | FUENTE: VOLK AND ATKINSON (2013), ONU (2017), IN OURWORLDINDATA.ORG/MAX ROSER.

Se deduce que incluso en áreas y en períodos de abundancia relativa, la mortalidad se mantuvo en niveles elevados. La baja productividad agrícola, aunada a los bajos niveles de comercio y las oscilaciones en la producción –a menudo vinculadas a los caprichos del clima–, comprometieron las cosechas, encarecieron los precios, derrumbaron el consumo y los niveles nutricionales. Estas crisis fomentaron la dislocación social, la migración a las ciudades y la congestión de instituciones caritativas.

Todo esto propició condiciones ideales para brotes epidémicos y crisis de mortalidad. Las dos grandes pandemias de peste dieron pie a periodos de decrecimiento de la población o de estancamiento: la Plaga de Justiniano azotó Europa y el Mediterráneo entre el siglo VI y el siglo VIII, y seiscientos años después, en 1348, la Peste Negra llegó a Europa para retirarse lentamente trescientos años después, desde el oeste. Entre la mitad del siglo XIV y la primera parte del siglo XV, la población disminuyó en un 30%, a la vez que las poblaciones africanas y asiáticas también sufrieron grandes pérdidas.

Entre la mitad del siglo XIV y la primera parte del siglo XV la población europea disminuyó un 30% a causa de la Peste Negra.

Sin embargo, el alto nivel de mortalidad se vio compensado por una alta fertilidad, en gran parte descontrolada, incapaz de producir grandes excedentes de nacimientos sobre las muertes. Una expectativa de vida al nacer de alrededor de 25-30 años, como la que imperaba en aquellos siglos, significaba que la mitad de los recién nacidos fallecía antes de llegar a la pubertad. La alta mortalidad siguió afectando a los adultos jóvenes y maduros, mientras que la enfermedad, la movilidad, la viudez y la separación redujeron aún más el potencial reproductivo de la población.

A lo largo de los siglos, la tasa de crecimiento excedió solo de manera excepcional unas décimas de 1% al año. Sin embargo, cuando la tierra es escasa y se estanca la productividad, el más mínimo crecimiento crea presiones maltusianas sobre los sistemas productivos que dependen de la disponibilidad de tierra para proporcionar alimentos, productos básicos y energía. Entre 1400 y 1700, Europa pasó de 52 a 95 millones de habitantes, creciendo un 0.2% al año. Pero al mismo tiempo, la calidad de las dietas se deterioró, los precios aumentaron y muchos sectores de la sociedad, como los campesinos sin tierra, se empobrecieron. Presionados por la escasez, a lo largo de los años, la población vio aumentar la edad de matrimonio y los niveles de celibato como un control adicional del crecimiento y de la fertilidad.

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El autor

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