LOS OLMECAS DE SAN LORENZO: EL INICIO DE LA CIVILIZACIÓN EN MESOAMÉRICA
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Una ciudad en una isla en las amplias llanuras del río Coatzacoalcos. Mundo de agua, de canoas y de ofrendas. Pueblo de piedra y de viejos mitos. Hombres y jaguares. En San Lorenzo brotó una chispa, la chispa de la civilización en Mesoamérica.

Dra. Ann Cyphers

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LAS RAICES

Vista de la gran meseta de San Lorenzo desde el lado norte en 1992. Tiene una altura de 65 metros sobre el nivel del mar. (Foto de Ann Cyphers)

[Imagen anterior] Cabeza colosal 1, San Lorenzo, «El Rey». Museo de Antropología de Xalapa. (Foto de Olmec / CC-BY-SA)

Después del 2000 ANE, la vida de las comunidades aldeanas de Mesoamérica se transformó, un cambio sin vuelta atrás que implicó la creación de transformaciones a una velocidad vertiginosa. A partir de estas poblaciones con una cultura material básicamente utilitaria, empezaron a surgir asentamientos más grandes y urbanizados, arquitectura y escultura monumental, y el uso de objetos suntuarios provenientes de lejanas regiones. A más tardar, cerca del 1600 ANE, comenzaron a definirse las características más destacadas de la primera civilización de Mesoamérica.

El lugar clave desde donde se originaron estos cambios se encuentra en el sur de Veracruz, en el sitio de San Lorenzo, la primera capital de la cultura olmeca. Después de su decadencia alrededor del 1000 ANE, el sitio de La Venta, en Tabasco, surgió como la segunda gran capital.

La identidad y el origen de los olmecas son temas polémicos. El verdadero nombre de esta cultura originaria del sur de la costa del Golfo de México no se conoce. Se tomó prestado el nombre ‘olmecas’ de un grupo cultural más reciente que habitó la misma región y que se identificaba como ‘gente del país del hule’. Se enfatizó la aplicabilidad de tal nombre a la antigua cultura arqueológica cuando se descubrieron las pelotas de hule del sitio El Manatí, ya que constató que la sociedad milenaria produjo esta inusual sustancia a partir de la savia del árbol ​Castilla elastica​. La civilización olmeca no fue producto de migraciones de gente de Asia o África o de otras áreas de Mesoamérica, sus logros son autóctonos. Las evidencias científicas señalan que su origen se remonta al periodo Arcaico en la zona norte del Istmo de Tehuantepec.

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Mapa de Mesoamérica. (Dibujo de Luis Hernández)

La región olmeca en la costa sur del Golfo de México presenta evidencias notables de esta antigua cultura, por ello los primeros estudiosos la definieron como su territorio cultural. Se distingue de sus vecinos por las extraordinarias esculturas de piedra que erigieron, las cuales, además de marcar su territorio político, señalaban sus distintivas creencias.

El aspecto físico de los habitantes, tal como se muestra en el arte, presenta algunas modas en los conceptos de belleza. Por ejemplo, en San Lorenzo se retrataron a sí mismos en la cerámica y la escultura con una específica deformación cráneo facial intencional que ocasionó una cabeza en forma de pera, boca con las comisuras hacia abajo y ojos rasgados. Esta costumbre continuó en la capital olmeca de La Venta, pero comenzaron a practicar otro estilo de deformación craneana para lograr un aspecto diferente, con una frente oblicua y la parte posterior plana.

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Selección de rostros en el arte olmeca que muestra los cambios en los conceptos de belleza a lo largo de los siglos. (Fotos y dibujos de Fernando Botas, Ann Cyphers, Hirokazu Kotegawa y Brizio Martínez)

Los habitantes de la región olmeca tuvieron un modo de vida distinto al del altiplano porque debieron adaptarse al entorno de las amplias llanuras costeras con sus vastos humedales y numerosos ríos y arroyos.

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CUNA DE LA CIVILIZACIÓN

Monumento 58, San Lorenzo. Lápida en forma de prisma rectangular decorada en una de sus caras con un pez-jaguar. Acomodada horizontalmente, el cuerpo es de pez y la cabeza de jaguar. (SECRETARÍA DE CULTURA.-INAH.-MEX. Reproducción autorizada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia)

LA PRIMERA CAPITAL OLMECA

A​​lrededor del 1800 ANE los primeros colonos llegaron a una gran isla situada en medio de un laberinto de ríos ramificados y amplios pantanos. Escogieron el terreno más alto de la isla para establecer su comunidad por la seguridad que ofrecía ante las inundaciones, además de ser defendible. Era un lugar idóneo, en ese entonces cubierto de selva virgen, por estar rodeado de humedales repletos de vida silvestre.

Los olmecas fueron una cultura de agua. Fundaron su capital en un promontorio que emergía de terrenos pantanosos atravesados por corrientes fluviales, viviendo al vaivén de los agitados ritmos del agua que incidían en todos los aspectos de su realidad. Establecieron sus aldeas en elevaciones aisladas situadas en un entorno acuático, buscando ventajas para el transporte y el cultivo, siempre vigilantes de la línea de la inundación. Los ríos del sistema Coatzacoalcos y la intensidad de la temporada de lluvias determinaban los ciclos alternantes de abundancia y escasez.

Los olmecas fueron una cultura de agua. Fundaron su capital en un promontorio, viviendo al vaivén de los agitados ritmos del agua que incidían en todos los aspectos de su realidad.

En el terreno alto cultivaron tubérculos y después, gradualmente, el maíz comenzó a figurar en su dieta durante el período de apogeo. En los humedales obtuvieron alimentos a través de la cacería, la recolección, la pesca y el cultivo. Su profundo conocimiento del medio ambiente les permitió recolectar intensivamente los recursos acuáticos ricos en proteínas, los cuales eran excepcionalmente abundantes en algunas zonas de humedales.

Estos grupos explotaron los recursos acuáticos y luego los preservaron a través del secado y del ahumado. En la época crítica de la sequía anual administraron este aprovisionamiento para proporcionar alimento a su comunidad. Éste fue el comienzo del acceso desigual a los recursos, lo cual proporcionó prerrogativas sociales y políticas a los grupos fundadores que detentaban los derechos exclusivos sobre los bienes naturales de los humedales.

Allí las familias levantaron campamentos estacionales en los pequeños montículos de tierra que construyeron. Estos montículos eran como pequeñas islas artificiales desde las cuales pudieron recolectar peces, tortugas, camarones y toda clase de recursos acuáticos. Éstas fueron algunas de las primeras obras de ingeniería de los primeros olmecas. Su construcción transformó el medio natural en un paisaje cultural y permitió que los grupos fundadores establecieran derechos sobre los bienes naturales.

LA GRAN MESETA

San Lorenzo fue fundado alrededor del 1800 ANE y llegó a su máximo esplendor entre los años 1400 y 1000 ANE. Creció hasta extenderse sobre un área de más de 700 hectáreas con una cuantiosa población, de unos 10,000 habitantes en promedio, siendo la comunidad más grande de Mesoamérica en este momento.

La gran meseta de San Lorenzo resguarda los orígenes de su magnificencia. Este colosal monumento hecho de tierra se eleva 50 metros por encima de los pantanos de las inmediaciones. El desgaste y la erosión de tres milenios no pudieron desvanecer lo que fue el corazón del mundo olmeca que durante seis siglos fue planificado, creado y embellecido.

Desde el inicio de la comunidad, los habitantes comenzaron a modificar el entorno natural del lomerío de la isla. Entre el 1800 y el 1400 ANE, nivelaron las irregularidades en el terreno con rellenos, de esta manera lograron darle una nueva forma al lugar. Poco a poco esta actividad acrecentó la altura del terreno hasta conformar una meseta entre el 1400 y el 1000 ANE.

En total, colocaron siete millones de metros cúbicos de sedimentos para crear esta obra, la cual es una de las más grandes en Mesoamérica, siendo rebasada únicamente por la gran pirámide de Cholula. En las 90 hectáreas de la gran meseta construyeron terrazas habitacionales en múltiples niveles. Para ello elevaron muros de contención y aplicaron rellenos de tierra hasta aumentar su tamaño siete veces, alcanzando un volumen equivalente a siete veces el de la Pirámide del Sol en Teotihuacán.

Esta imponente obra en medio del campo anegado debió causar admiración a los que la vieron. Es evidente que la creación de la gran meseta artificial sobre la isla fue un proyecto planificado motivado por las necesidades de la población y también por las particulares creencias de su cosmovisión.

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El monumento 104 de San Lorenzo, un bloque con la imagen del Monstruo de la Tierra en bajorrelieve. (Foto de Ann Cyphers)

[Imagen anterior] Vista de una gran inundación de las llanuras costeras del sur de Veracruz. (Foto de Rafael Galina)

Para los olmecas, el monstruo cósmico fue una figura mitológica importante, era un ser ancestral que flotaba en las aguas primigenias y se consideró la fuente y la quintaesencia del universo. Sus fauces representaban la entrada al inframundo acuoso.

NOCIONES COSMOLÓGICAS MILENARIAS

Para los olmecas, el monstruo cósmico fue una figura mitológica importante, era un ser ancestral que flotaba en las aguas primigenias y se consideró la fuente y la quintaesencia del universo. Sus fauces representaban la entrada al inframundo acuoso, al igual que en otras cosmologías mesoamericanas.

Por ello, para legitimar su derecho a gobernar, los dignatarios olmecas mostraron en las esculturas a sus antepasados fundadores de manera divinizada al colocarlos en la entrada de una cueva, un sinónimo de la boca del Monstruo de la Tierra y de la entrada al inframundo. El monstruo está relacionado con las antiguas nociones de montaña, las cuales ocupan un lugar destacado en las cosmogonías más conocidas.

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Mapa de relieve digital con vista oblicua de la gran meseta de San Lorenzo. (Plano de Virginia Arieta)

Los conceptos de la ‘colina rodeada de agua’ y la ‘montaña sagrada’ se derivan de este monstruo primordial y son la manifestación de otro nivel del universo habitado por los dioses y los antepasados, desde donde emana la riqueza y el poder. El monstruo prosiguió siendo el emblema de los gobernantes y de sus capitales en la Mesoamérica ulterior. Entre los mayas, el monstruo ​witz y ‘montaña de agua’, y entre los nahuas el ​altepetl,​ ilustran cómo la cosmología y la jerarquía sociopolítica iban de la mano en el pensamiento antiguo. Por todo ello, podemos comprender que los primeros olmecas de San Lorenzo levantaron la meseta como réplica de la montaña sagrada, sinónimo del monstruo cósmico.

En la periferia cercana a San Lorenzo sobresale un lugar de culto en donde los olmecas depositaron ofrendas en las base del cerro El Manatí, ubicado a unos 10 km de San Lorenzo. En torno a este cerro sagrado se llevaron a cabo rituales periódicos que incluyeron ofrendas de piedra verde, pelotas de hule y bustos antropomorfos de madera.

Afortunadamente esas piezas hechas con materiales perecederos sobrevivieron al tiempo por haber quedado sumergidas bajo el agua. Es probable que la élite de San Lorenzo y otros grupos sociales hayan depositado estas ostentosas ofrendas en este teatro sagrado al aire libre.

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Vista parcial de la excavación del Palacio Rojo en la cual se muestra la columna de piedra rota, el drenaje de piedra que corre debajo del piso, dos recubrimiento de escalón, una estela, el muro de rocas calizas y varios otros de tierra compactada. (Foto de Brizio Martínez)

HABITAR LA CIUDAD

La vida en San Lorenzo estaba muy organizada y jerarquizada. El patrón de la vivienda se ajustó a la obra arquitectónica en el sentido que las personas construyeron sus hogares en los sectores que correspondían a su condición social, es decir que la meseta presentaba una zonificación por estatus. Los gobernantes y la élite utilizaron la parte alta y las terrazas para fincar sus residencias y los edificios ceremoniales y administrativos, mientras que las personas con menor estatus ocuparon las tierras de menor altitud y los más pobres vivían en la periferia. Esta zonificación muestra que había una relación directamente proporcional entre la distancia a la elevación y el estrato social, el cual disminuía al haber mayor distancia, un fenómeno que reproduce el concepto cosmológico de la montaña sagrada. Las casas de la élite poseían varias habitaciones grandes y, a veces, tenían un patio cerrado con drenaje subterráneo. No fueron construidas con ramas y lodo sino con gruesas paredes de tierra, una técnica sofisticada para la época. Las paredes y los pisos eran de vivos colores, rojo, naranja y amarillo. Se usó la bentonita, una piedra sedimentaria de los alrededores, para crear un subsuelo impermeable para el pavimento.


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Plano topográfico de San Lorenzo que muestra los sectores principales del sitio. (Plano de Virginia Arieta)

El Grupo E es un extraordinario ejemplo de una obra administrativa y ceremonial. Está compuesto por cuatro plataformas de tierra que rodean un patio hundido, y está asociado con símbolos en piedra sobre la autoridad y el gobierno: un trono, una cabeza colosal y un porta estandarte, todos ellos imbuidos con el simbolismo de los mitos de origen, el agua, la fertilidad y el inframundo. Era el lugar donde ejercieron sus funciones los primeros regímenes olmecas, un lugar santificado con el retrato colosal del dirigente ancestral divinizado. Allí, desde su trono, cada gobernante hereditario tomó importantes decisiones y manejó la vida social, religiosa y económica de la sociedad. Se desempeñó como intermediario entre los planos terrestre y espiritual por lo que condujo rituales públicos y privados en el umbral simbólico entre esos dos mundos.

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Reconstrucción de la composición del recinto ceremonial-administrativo del Grupo E con base en excavaciones. El gran trono, monumento 14, fue colocado junto a la plataforma norte mientras que la cabeza colosal 8 fue enterrada en el interior de la plataforma este. (Dibujo y fotos de Ann Cyphers y Brizio Martínez)

A poca distancia del Grupo E se encuentra el Palacio Rojo, la residencia de una familia importante, probablemente de un gobernante. Esta residencia de inusual tamaño, más de 2000 metros cuadrados, fue construida en lo alto de la meseta. Sobresale por contar con muchas habitaciones donde se realizaron diversas actividades domésticas, productivas y ceremoniales.

  • Reconstrucción del cuarto sagrado en el interior del Palacio Rojo, San Lorenzo. (Dibujo de Lilian Velázquez)

El salón central era un santuario, probablemente utilizado para ceremonias privadas para reverenciar a los antepasados; contiene una alta columna de basalto, una banqueta que corre a lo largo de una pared y un drenaje de piedra que serpentea por debajo del piso de color rojo sangre.Otra habitación con suelo rojo se utilizó para el almacenamiento de esculturas de pequeño y mediano tamaño que habían sido mutiladas ceremonialmente por decapitación o desmembramiento. Junto a este almacén se encuentra el taller de reciclaje, el área donde los escultores, bajo la tutela de los propietarios del palacio, reutilizaron y transformaron los monumentos sagrados en otros objetos.

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El autor

Ann Cyphers ■ Arqueóloga e historiadora, ha vivido en México desde 1972. Investigadora titular en el Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM, especialista del periodo Preclásico en Mesoamérica, ha realizado trabajo de campo en Veracruz y Morelos, así como en Estados Unidos. Ha sido distinguida por el INAH, el Museo de Antropología de la Universidad Veracruzana, la National Geographic Society y la Universidad de Illinois. En 2018, recibió el Premio Universidad Nacional otorgado por la UNAM.