Guillermo Haro page

¿Dónde acaba el mundo?”, le preguntaba de niño Guillermo Haro a su madre. Fascinado por sus respuestas, un día él le anunciaría: “Voy a descubrir cómo nace una estrella”.

Marcado desde su infancia por la observación del cielo, Haro dedicó su vida a explorar constelaciones, supernovas, cometas e indagando acerca de la edad del Universo.

Creció durante la Revolución Mexicana, y tras graduarse de filosofía en la UNAM, se incorporó a la astronomía impulsado por el astrónomo mexicano Luis Enrique Erro cuando empezaba el desarrollo de los grandes telescopios.

Habiendo aprendido las complejas técnicas para manipular el telescopio Schmidt, descubrió secciones enteras del mapa estelar: estrellas rojas, estrellas azules, nebulosas, condensaciones de nubes y estrellas fulgurantes en la región de Orión.

Desde el Observatorio Nacional de Tacubaya – en esos años cuando la bóveda celeste todavía se miraba majestuosa sobre la Ciudad de México –, al Observatorio Astrofísico Nacional de Tonantzintla, hasta el gran Observatorio Astronómico Nacional en la Sierra de San Pedro Mártir que propuso instalar, Haro participó en la nueva era de la astronomía en la segunda mitad del siglo 20.

Pero Guillermo Haro no solo se ocupó de estrellas, participó en la creación de instituciones como el Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica o el Instituto Nacional de la Investigación Científica, antecesor del actual CONACYT.

Haro fue uno de esos científicos comprometidos del México posrevolucionario que se entregaron a la construcción del país y a la ciencia universal.

Empujado por la duda que hace avanzar la ciencia, como diría de él su esposa la escritora Elena Poniatowska, “siempre puso en duda lo establecido, pero jamás olvidó leer el cielo nocturno”.